25-N. Contra todas las violencias hacia las mujeres

24 de Noviembre de 2021

Como cada año, el 25 de noviembre la comunidad internacional celebra el Día para la eliminación de la violencia hacia las mujeres por el mero hecho de serlo. Una fecha muy concreta que sirve para advertir que todavía son necesarios recursos, voluntades y educación que permitan un trabajo sistémico, estructural y cotidiano y para decir de una vez por todas «ni una menos». Conscientes de que es necesario luchar contra todas las formas de violencia machista, no sólo la física sino en sus múltiples formas de desigualdad que suponen cuestionar desde la raíz la condición de la mujer como sujeto de idénticos derechos y dignidad que los hombres.

Estos días son muchas las manifestaciones y actos que se hacen para recordar, una vez más, que el 25-N es tan sólo un hito que apuntala a una reivindicación endémica que no sólo tiene que ver con la agresión física y sexual sino también con todas aquellas violencias que se ejercen día a día sobre las mujeres. Hablamos también de la violencia, quizás menos evidente, que se produce en el ámbito laboral, en el ámbito institucional, en el ámbito médico y de la reproducción sexual y en el ámbito digital. Violencias que de conjunto conforman un marco estructural lleno de realidades desgarradoras que atentan contra la propia dignidad de ser mujer.
Los lemas se repiten: «hartas» de tener miedo, «hartas» de sufrir. Y sobre todo «hartas» de ser asesinadas. Por eso una vez más se repite por todas partes «ni una menos», porque «nos queremos vivas y libres». Y por eso se necesita un claro compromiso en todos los ámbitos para andar hacia la erradicación de todas las formas de violencia machista hacia las mujeres.
La violencia y la agresión física es probablemente la cara más visibles de esta lacra (con cifras escalofriantes de mujeres muertas) pero que toma forma en muchos otros sentidos. Y es que hay otras menos evidentes, expresiones que forman parte de las diversas formas de desigualdad. Desde Col·lectiu Ronda vemos cómo seguir recordando que a idéntico trabajo corresponde idéntico salario y constatamos año tras año que las pensiones de las jubiladas equivalen, de media, a poco más de la mitad que las pensiones de los hombres, negando el derecho de la mujer a un conjunto de necesidades básicas garantizadas y el mínimo de autonomía que resulta exigible. Existe violencia en la forma en que pervive la precariedad como constante en la experiencia laboral de la mujer y en el acceso al derecho al trabajo. También la violencia del rol de cuidadora impuesto (la violencia de las cifras que indican que el sacrificio de la vida laboral para cuidar a los más desvalidos es un peso que casi siempre cargan las espaldas de las mujeres).

Una violencia global que nos obliga a recordar cosas tan sencillas como que el significado de “no” sigue siendo “no” en cualquier circunstancia y que el cuerpo no tiene otro dueño que la propia voluntad y deseo. Es violento el discurso cosificador de la mujer que emerge de determinadas estructuras y discursos que a través de los medios de comunicación y el aparato cultural actúan imponiendo roles, construyendo estereotipos, invisibilizando si conviene, simplificando casi siempre. Discursos que contienen en sí mismos una violencia simbólica.
Y es violento el corte profundo que pretende escindir la propia sexualidad, imponiendo formas de sentir y gozar, cuestionando con espíritu de propietario todo lo que consiga escapar a la tiránica ambición normalizadora del patriarcado. La violencia de la maternidad que deja de ser opción, deseo y legítima aspiración y se transforma en imposición, soberanía sobre el propio cuerpo atolondrada, responsabilidad no compartida y camino solitario.
El rostro de la violencia es el de las muchas mujeres encarceladas en las categorías de exclusión social y especial vulnerabilidad como consecuencia del deficiente acceso a los recursos económicos y, en cambio, encontrar pocas instaladas en los centros de poder y decisión desde donde emanan las directrices del ordenamiento socioeconómico.

Son violencias en plural todas ellas. Y pese a avanzar en la identificación y visibilización de todas ellas, queda un largo camino en la concienciación social de las mismas, reconociendo aquellas acciones, individuales y comunitarias, que son fundamentales en la erradicación de las violencias machistas. Aquellas que constituyen un apoyo para las supervivientes, aquellas que demuestran compromiso e implicación, coraje y ética, que acompañan y hacen sentir a las supervivientes que "no están solas", antes, durante y después de cualquier agresión machista. Pero es necesario seguir articulando las actuaciones necesarias contra todos estos tipos de violencias machistas ya existentes y ahora identificadas. Y reclamar a las instituciones su responsabilidad en toda esa lucha, generando nuevos referentes para construir masculinidades responsables, inclusivas y cuidadoras. Tejiendo alianzas que permitan extender la cultura de los afectos y cuidados y la igualdad en todos los ámbitos de nuestras vidas.
Transformando el presente y poniendo fundamentos sólidos en el futuro de la mujer con la implicación de todos, como personas e integrantes de colectividades sociales, en la adquisición y construcción de una verdadera conciencia crítica que nos lleve a rebelarnos ante las violencias, cualquiera que sea su expresión.
Desde el Colectivo Ronda unimos nuestra voz para seguir luchando contra todas las violencias hacia las mujeres y decir «basta», para siempre.