1o de mayo 2018
Colectivo Roda se suma un año más a las movilizaciones de celebración del Día Internacional del Trabajo
Según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), en el periodo comprendido entre 2008 y 2017, las empresas del Estado español han aumentado sus rentas un 58% hasta alcanzar la cifra de 267.680 millones. Es decir, en estos años de crisis las empresas han obtenido 98.474 millones más respecto a los cerca de 170.000 millones que ostentaban a finales de 2008. Y no es el único indicador que señala que para buena parte del estamento empresarial estos últimos 9 años han estado más marcados por las luces que por las sombras, como en cambio sí ha sucedido con el conjunto de la ciudadanía. En el transcurso de este período, las empresas también han conseguido reducir en más de 55.000 millones la factura del gasto en concepto de pagos de intereses por acceso a la financiación. Y aún más, la partida destinada al pago de salarios ha disminuido en más de 10.000 millones en menos de una década sin que los índices de producción hayan caído.
Así pues, transcurridos 9 años de crisis para una mayoría pero no para todos, las empresas españolas ganan más que nunca, se reparten mayores dividendos, producen tanto o más de lo que producían y gastan en salarios mucho menos de lo que gastaban en 2008.
Al contrario, los trabajadores y trabajadoras han visto como este tiempo se envolvía en una oscuridad sin tregua. Respecto a 2008, nuestros salarios se han reducido, la precariedad en forma de temporalidad y parcialidad se ha extendido sin freno, hemos visto de algún modo desactivados instrumentos de capital importancia para la preservación y mejora de las condiciones laborales como lo es la negociación colectiva y asistimos a un aparentemente inexorable proceso de degradación del marco asistencial público (educación, sanidad, prestaciones, jubilación ...) a mayor gloria (y beneficio) del sector privado.
Es hora -nunca ha dejado de serlo- de exigir que para nosotros, trabajadores y trabajadoras, llegue también la luz que desde hace años ilumina las cuentas de beneficios de las empresas.
El primero de mayo vuelve a ser momento de salir a la calle y ponerse en pie ante la acentuación de la tendencia a hacer del marco de relaciones laborales una esfera de explotación y desequilibrio. Momento de alzar la voz contra la asfixia impuesta por unas estructuras económicas configuradas definitivamente como mecanismos de opresión y explotación que ya ni siquiera sienten, por innecesario y superfluo, la necesidad de disimular su objetivo único de maximizar la ganancia empresarial.
El día mundial del trabajo pertenece, evidentemente, al terreno nebuloso de lo simbólico. Pero no se puede menospreciar el valor del símbolo. No podemos renunciar a su celebración y caer en la trampa de la desesperanza. Al contrario, necesitamos del símbolo para evidenciar que no aceptaremos silenciados y con espíritu alicaído y servil devenir perpetuos rehenes de un sistema que nos utiliza como verdadero combustible inanimado para alimentar las calderas de su ambición sin límites. Hay que recuperar el símbolo, reapropiárnoslo como clase trabajadora y llenarlo de nuevo de contenido, arrinconando las complicidades indignas de las grandes centrales sindicales que el primero de mayo se ufanan en las cabeceras de las manifestaciones antes de volver a arrinconar pancartas y ambiciones allí donde no molesten, al menos hasta el próximo primero de mayo.
Debemos salir a la calle y transformar el primero de mayo en la antesala de los días de lucha que están por venir con la exigencia de trabajo, salarios y pensiones dignas. Hay reverdecer el convencimiento de que mediante la organización en los centros de trabajo y la reivindicación social podemos recuperar todo lo que hemos perdido en los últimos años y conquistar todo lo que nunca hemos tenido.