1º de mayo

01 de Mayo de 2017

Un año más, las páginas del calendario nos conducen hasta el Primero de Mayo y, por un día, aquí y allá, en los carteles enganchados en las paredes, en las pancartas que encabezan las grandes movilizaciones y en boca de muchos, las palabras “obrero”, “clase trabajadora” y “derechos”, despiertan del sueño impuesto, se desperezan bajo la capa de polvo y olvido y vuelven a sonar con fuerza.

Quizás no con el ímpetu de antaño, es cierto, cuando eran muchos los que entendían que la consecución de derechos, la conquista de la dignidad del trabajo, era un pulso permanente contra el interés y la voluntad de las estructuras económicas de poder que se desarrollaba, capítulo a capítulo, día a día, aprovechando cualquier ámbito de confrontación y contestación colectiva. No con la fuerza rebelde de quien se ha convencido de que tiene más por ganar de lo que podría perder, pero vuelven a las calle las palabras y las consignas; la determinación y la identidad...por un día, aquí y allá.

Nosotros, trabajadores y trabajadoras, hemos sido rehenes y víctimas de unos larguísimos años de crisis para muchos y bonanza para unos pocos. Nuestros derechos, nuestras aspiraciones de bienestar y futuro han sido el combustible con el que se ha alimentado el fuego de las calderas de un capitalismo que se despliega sin frenos ni sujecciones, con una ambición que desecha por inútil cualquier necesidad de disimular sus ambiciones últimas. La crisis nos arrebató las casas y el trabajo, los salarios y la estabilidad; cerró las plantas de los hospitales donde se nos atendía y puso cerrojos de imposibilidad económica en las puertas de las universidades donde aspirábamos a labrarnos un futuro; bajó las persianas de comercios y fábricas, privatizó los servicios en beneficio de las grandes corporaciones, redujo nuestras pensiones e incluso nos arrebató la esperanza de obtenerlas llegado el momento y puso un billete de avión en nuestras manos para que volviéramos a emprender el camino de necesidad que lleva a otras tierras donde imaginamos que el futuro no es una utopía. La crisis cargó sobre nuestras espaldas una Reforma Laboral aprobada ya en un lejano 2012 que sigue vigente, convenciéndonos de que derogarla no es tanto cuestión de aritméticas parlamentarias como de voluntad.

Vivimos peor. La precariedad es norma. Añadir el calificativo de “basura” a nuestros contratos ha devenido un lugar común, apenas un tópico que aparentemente ya no conduce ni a la reflexión. Nos convencemos de que el porvenir no nos espera. Nos encadenamos a la desesperanza.

Y esa es, precisamente, la gran derrota: renunciar a la esperanza, dejar de llamar a las puertas del futuro.

Es necesario que el 2 de mayo, cuando los carteles empiecen a despegarse en las paredes, los gritos sean ecos lejanos y las pancartas de las grandes organizaciones sndicales hayan vuelto al cuarto trastero donde reposarán, de nuevo polvo y olvido, durante todo un año, la convicción se mantenga firme. El convencimiento de que debemos recuperar todo aquello que hemos perdido y conseguir todo aquello que nunca tuvimos. Organizar la lucha en todos los ámbitos y frentes para exigir un trabajo digno y salarios que no sirvan para apenas flotar, siempre bajo amenaza de acabar engullidos, sobre los lodos de la pobreza. Exigir acceso a la vivienda y avanzar en el deseo de unos servicios públicos que sean garantía de igualdad. Recuperar las aulas de las que nos expulsaron mientras se impone la privatización y elitización de la cultura y la educación. Defender las pensiones de nuestros mayores y enfermos para que cumplan su función de barrera protectora frente a la miseria.

El presente siempre ha sido el reino de quienes todo lo tienen. El futuro debe ser el reino de quienes todo lo quieren por no tener casi nada. Y el futuro se empieza a escribir mañana, 2 de mayo.